¿Qué es la muerte sino un pequeño paso en el proceso cíclico del hombre, un eslabón más de una cadena incesante de vidas?
Y qué mejor dualidad puede encontrar el hombre para volverse hacia sí mismo y contemplarse verdaderamente, hacia dentro, hacia ese lugar que no parece acabar nunca, que parece no tener fin.
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Es en esa dicotomía indisoluble, donde la cruz, altiva y vibrante, se muestra especialmente representativa y protagonista.
Donde dos principios, bases fundamentales para comprender el mundo que nos rodea y en el que vivimos, aparecen tan fuertes como verdaderos. Donde la vida y la muerte, el ser o no ser, se descubren ante el hombre buscando un porqué a su existencia, una razón para existir.
Tu, cruz, llave mágica de lo terrestre, que conoces lo que se ha de conocer, nos persigues implacablemente como si quisieras hacerte oír, en un mundo en el que tus palabras están vetadas, en un mundo lleno de sordos.
Pero sigues ahí, en tu sitio, en ese lugar imperturbable que marca el día y la noche, lo blanco y lo negro.
En ese lugar que como el más bello y simple jeroglífico, muestra el acceso a otro modo de actuar, a otro modo de ser y en definitiva a otro modo de vivir.
Pues cuando lo temporal y lo infinito entrelazan sus anillos, tú, mágica intermediaria actúas envolviéndolo todo, cubriéndolo todo con tu soberana presencia.
De ahí, que esos dos principios, que también son finales, sean para ti sólo un paso más de tu inabarcable grandeza, de tu inacabable presencia, y así cuando el hombre te oye, cuando el hombre te siente, existe por sí mismo y comprende que la muerte no es más que un pequeño tiempo del gran reloj de la vida.
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Dicen de ti que eres universal, queriendo con ello adornarte y no consiguiendo más que dejarte vacía, pues sólo en lo eterno te integras, queriendo en cada instante y en cada lugar estar presente.
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De ahí, que esos dos principios, que también son finales, sean para ti sólo un paso más de tu inabarcable grandeza, de tu inacabable presencia, y así cuando el hombre te oye, cuando el hombre te siente, existe por sí mismo y comprende que la muerte no es más que un pequeño tiempo del gran reloj de la vida.
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Darío.
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