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Hay aspectos de la vida en el planeta en los cuales no influye el tiempo, están sin duda por encima de él. Uno de ellos es el símbolo.
 

Desde el mismo instante de la Creación, incluso antes, la espiral ha presidido todo el devenir de la vida en los distintos niveles de nuestro planeta.
 



El agua, la luna, las plantas, ciertos animales, incluso la mujer y la tierra entre otros, están unidos entre sí por sutiles observaciones de la espiral.

El agua con sus distintas manifestaciones, la luna con sus continuos ciclos vitales o los animales con períodos cíclicos, vienen a mostrarnos una idea de repetición, de eterno retorno, de un fin que no es más que el comienzo de algo nuevo y distinto.

Un símbolo, éste de la espiral, presente en todos los actos y tiempos del hombre, desde el lejano Paleolítico, donde se relacionaba con la fecundidad hasta en la remota India, donde era comúnmente asociado con la idea de vida, de energía en continua renovación.

Como su propia figura muestra, la espiral nos introduce en una especie de pozo sin fondo en el cual no parece haber ni principio ni final y donde las líneas no parecen acabar nunca.

Es como si la espiral con su desarrollo infinito, quisiera enseñarnos algo de nosotros mismos, esa parte esencial de nuestro interior que desconocemos.

 



Como si en un intento perpetuo, deseara decirnos que todo es continuo en la existencia, que hay un centro, una energía inicial que lo forma todo, pero que a partir de ese momento, todo sigue un camino eterno, sin comienzos, ni paradas ni finales, donde todo es energía en continua renovación.

Ojalá, algún día, consigamos introducirnos en ese pozo sin fondo de la espiral, un pozo sin fondo pero con luz, con una luz tan bella y radiante que nos acercará a deducir algo de nosotros, y será entonces, sólo entonces, cuando podamos presentir la verdadera realidad de nuestra existencia.
 
 
Darío. 


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