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La Atlántida


Sin lugar a dudas, hay tiempos que marcan la historia del hombre, que marcan su existencia sobre el planeta.
 

Hace mucho tiempo, cuando la era de Cáncer cubría la vida del hombre, una civilización llenó la tierra de color y belleza. Unos seres, los atlantes, que comprendían la importancia de la mente y de su influencia en la evolución espiritual del individuo. Una civilización, que parece extraída de un bello cuento de hadas, en el que su origen trasciende las barreras terrenas para adentrarse en la mitología.
 



A los atlantes siempre se les consideró semidioses, no ya en un intento de que sus orígenes fueran más celestes que terrestres sino por el hecho de que sus aspiraciones y anhelos, al igual que su comportamiento, se adentraban más en el plano espiritual que material.
Una vida, la atlante, en la que la tierra y el agua, la tierra y el mar, entrelazaban sus manos para mostrar una vez más la mágica alianza del hombre y la naturaleza, esa naturaleza que está y no está en nosotros.
 



Situada en el interior de un océano impetuoso, donde antes había tierra y hoy existe el agua, la Atlántida ha dejado un legado difícil de olvidar. Un legado recogido por pueblos sabios y escogidos, como el egipcio, donde la sabiduría y el conocimiento estuvieron, en su momento de esplendor, por encima de cualquier otra meta.

Un pueblo sabio, el atlante que vivió periodos dispares. Momentos de esplendor, en el que el amor y la armonía envolvió sus vidas, e instantes de pesadumbre y degeneración por su propia conducta.

Seguiremos hablando de este tiempo, de este pueblo que marcó un hito en la historia del hombre, de sus inventos, de sus ideas y de su quehacer.

Hablaremos de costumbres y curiosidades pero quizás todo ello estará impregnado de una característica especial, su amor a la vida.
 



Ese amor a la vida, que hace que un hombre vea más allá de sus ojos, oiga más allá de sus oídos y comprenda más allá de su mente. Comprenda el verdadero sentido de la vida, viendo y oyendo con los ojos y el oído de su espíritu, que al fin y al cabo es lo verdaderamente importante.

Los atlantes tenían una característica especial: su amor a la vida. Maravillosas ciudades componían la bella estructura de la civilización atlante. Ciudades en las que los metales preciosos, el oro y la plata, junto al cristal de roca y a otro metal desconocido, el oricalco, formaban bellos arcos iris con la luz del sol, dotándolas de un color diferente, del color de la armonía.

Ciudades con claraboyas en las que el ámbar jugaba un papel importante tamizando la luz y convirtiendo en juego mágico la diferencia entre sombra y penumbra.

Unos lugares diseñados para vivir, mientras que sus verdaderos lugares de trabajo se encontraban en el fondo del mar, donde se hallaban todo tipo de minas, talleres y laboratorios. Talleres y laboratorios, donde imaginar nuevas ideas referentes a energías desconocidas para utilizar en fines concretos o incluso para trasladarse.
 





Bellezas en sus hogares que no eran más que un reflejo de sus vidas, unas vidas puestas al servicio del verdadero trabajo. Del trabajo, que les permitió horadar sus montañas para que el aire, el viento les suministrara, mediante unos tubos especiales, la energía ultrasónica que ellos sabçian aplicar de forma magistral.

Sus legendarios zahoríes, en busca de energías que surcan las entrañas de la tierra, con especiales varas y sus cuentas de ámbar en las puntas.

Energías distintas aplicadas y combinadas entre sí para obtener bienes materiales que les permitían dedicarse a conseguir otros bienes más profundos.

Tan profundos como el mismo mar que los alberga, un mar lleno de intrigas y misterios, que les concedió el más grande de sus secretos, ese secreto que sólo algunos llegarán a descubrir, ese secreto que nos dice que el verdadero fin de nuestra vida es convertirnos en parte del todo.
 




Si bien hemos navegado en el mundo de las ideas ahora nos vamos a detener en el mundo sutil de la energía, ese mundo tan importante y al mismo tiempo tan desconocido para muchos. Energía que en el pensamiento atlante, era estudiada y aplicada de forma extraordinaria. Un pueblo que supo fundir las energías cósmicas, terrestres y mentales para su aprovechamiento espiritual y material.

La tierra y su energía les mostraron los lugares idóneos para la construcción de sus ciudades y templos de tal forma que las murallas seguían las líneas energéticas con el resultado de que sus poblaciones ocupaban los lugares de mayor energía terrestre.

Los astros cedieron parte de su poder para influir positivamente en los espíritus y mentes de aquellos seres que hacían de sus vidas un paso más en el interminable camino de la evolución.

Sus mentes fueron desarrolladas extraordinariamente consiguiendo despertar facultades latentes en ellas, como la telepatía, que les permitió contactar entre sí, incluso entre lugares situados en el agua y en la tierra.

Hablamos de energías y no quisiéramos olvidarnos de un tipo de energía fundamental en la vida atlante: la energía ultrasónica.

Para su aplicación, horadaban las montañas e introducían unos enormes tubos de distintos y variados diámetros. Estos tubos, similares a los que forman los órganos, recogían el sonido pasándolo a una gran caja de resonancia obteniendo con ello una fuente energética de extraordinario valor.


 




Un mundo diferente el que hoy hemos tratado, un mundo sutil que lo preside todo, en el cielo y en la tierra, en los elementos y en el hombre. Por ello alguien dijo: “Todo es ritmo y vibración”. Quizás fuera el atlante el ser que más acercó su vibración a la que le rodea, de ahí su avance en distintos campos.

Horademos nuestras mentes con energía positiva y podremos acceder al mundo sutil y desconocido de la realidad.

Poco se ha conocido siempre de esta maravillosa civilización. Sólo unos elegidos han tenido acceso a ese enigmático archivo que es el tiempo, para sumergiéndose en él, buscar en los insondables misterios atlantes.

Platón en sus relatos nos describe ciudades suntuosas, llenas de belleza y majestad, ricas material y espiritualmente. Riquezas y evolución en un sistema de vida diferente a todo lo anteriormente existente. El hablaba de escritos egipcios, en un intento de relacionar esos dos momentos olvidados, el atlante y el egipcio, que no son más que dos páginas de una sola historia: la del hombre en su peregrinar por la verdadera vida.

El túnel del tiempo nos conduciría al fondo del mar, a través de una nave silenciosa y real. Una nave submarina, tan sutil como el éter, porque unía la fantasía y la realidad en ese crisol maravilloso que era Julio Verne.

Con él, algunos han sido parte de la historia, han viajado a parajes insondables de lo real y lo irreal.

El ha sido un poco ese otro yo que a veces, en pocas ocasiones, nos permite liberarnos de la materia para convertirnos en luz.


 


Ambos, Platón y Verne, han conocido la Atlántida, han vivido en ella, han formado y forman parte de ella. Por eso, en este momento, hemos hablado de ellos, porque de alguna forma la Atlántida se ha acercado a nosotros. Y es que hay veces que no nos damos cuenta de lo que somos ni de cómo somos.
Pensemos que, en cada uno de nosotros hay un pequeño relato de otro tiempo, de otro lugar, porque en realidad todos hemos formado parte de la Atlántida o de Egipto, del presente y del futuro.

 



Si analizamos esto, algún día comprenderemos que la Atlántida está entre nosotros, y que dentro de ella, formando parte de ella, se encuentran dos seres llamados Platón y Julio Verne.
 
 
Darío. 


Los Druidas