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 | Un cuento de Navidad |
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Había llegado ese tiempo que todos celebramos en los hogares y que nos traslada a la infancia, a aquellos día fríos pero llenos de color, de sorpresas, de ilusión… Nos decían que el Niño-Dios había nacido un día como aquel trayendo la Luz al mundo. Entendíamos que era algo así como festejar su cumpleaños. Colocábamos las figuritas del belén y nos contaban la historia de la estrella del cielo, del ángel y los pastores, mientras nosotros buscábamos entusiasmados a los tres reyes entre las montañas. Sabíamos que era una ocasión muy especial y nos sorprendía que los mayores se hiciesen pequeños también para compartir nuestro mundo de magia y hablaran de cosas tan increíbles como las que ocurrían sólo en nuestros cuentos. Era estupendo. Luego fuimos creciendo y descubrimos quienes eran los reyes, aunque intentábamos disimularlo porque preferíamos que la fantasía no acabase así, pero acababa sin remedio. Con el paso del tiempo el entusiasmo desapareció; pronto resultó una molestia tener que montar el belén y para muchos las figuritas y adornos multicolores quedaron olvidados en una vieja caja en el fondo del armario y junto a ellos los juegos y nuestras ilusiones infantiles. Ahora nos reunimos para comer y beber, continuamos brindando al dar las doce, la familia habla de sus cosas, generalmente comentarios sobre la economía, chismes de famosos y políticos. Algo dentro de nosotros sigue llamándonos a celebrar un acontecimiento singular, pero ya no recordamos cuál. Mi abuelo es muy mayor, disfruta contemplándonos a todos alrededor de la mesa en Navidad. Pobre hombre, siempre intenta que cantemos algún villancico sin ningún éxito. Generalmente no le hacemos mucho caso y él permanece en silencio, pero aquel día interrumpió nuestra charla y con voz firme empezó a narrar una de sus viejas historias…
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…Sucedió en un lugar frío y húmedo en donde la niebla, que se extendía cubriéndolo todo como un velo, no permitía ver bien ni tan siquiera a corta distancia. Allí nunca amanecía ya que, aunque durante unas jornadas se apreciaba una tenue luz grisácea, la mayor parte del tiempo dominaba la oscuridad de la noche, una noche muy negra, sin luna. Los habitantes de aquel lugar tan tenebroso siempre andaban preocupados por algo, refunfuñando, insatisfechos. Jamás reían, ni disfrutaban de nada y de tanto caminar mirándose los pies para no tropezar sus ojos se habían atrofiado. Eran seres tan oscuros como sus tierras negras.
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Mi abuelo había logrado captar la atención de toda la familia. Nunca le habíamos visto contar una historia tan interesante como esta.
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Los ancianos de la zona recordaban tiempos mejores en sus canciones antiguas y algunos profetizaban que la tristeza no duraría siempre, pero ya nadie les escuchaba. Desde que el Señor del Castillo negro se había hecho con el poder, habían perdido la esperanza y las tinieblas crecían haciéndose cada día más densas, adueñándose de sus mentes y de sus corazones. Era el duodécimo mes, el preferido por el dueño del Castillo Negro; Se le podía ver en su alta torre, extendiendo sus brazos hacia sus súbditos, orgulloso de su dominio sobre el mundo. Aquel día, el veintiuno, el más oscuro del año, conmemoraba su coronación como emperador y en la noche más larga sus tenebrosos servidores eran convocados para un ostentoso desfile.
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El abuelo había creado una atmósfera de misterio que nos envolvía a todos; estaba muy inspirado, parecía estar recordando algo que quizás su propio abuelo le había explicado en alguna ocasión cuando era niño, mucho tiempo atrás.
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Ese mismo día, en otro lugar sin tiempo, un Unicornio Blanco despertaba tras un profundo sueño y un joven jinete, de reluciente armadura dorada preparaba su montura. Subió al unicornio, comenzó a cabalgar lento y con la seguridad y dignidad de un rey fue acercándose al castillo. Algunos de aquellos hombres oscuros que le vieron pasar dieron la voz de alarma en el pueblo: -“Se aproxima un fuego que anda. No lo miréis o quedareis ciegos”. Al oír esto, los ancianos comprendieron que lo que habían esperado estaba a punto de suceder e intentaron tranquilizar a los demás. -“Es el libertador, no temáis. Abrid vuestras ventanas. Salid a su encuentro”. Todos estaban aturdidos con tanta excitación y no sabían qué hacer. Todos menos el Señor Oscuro que gritaba sus órdenes llamando a su guardia en busca de protección.. El jinete dorado se detuvo frente a la gran puerta. Se hizo un profundo silencio. Sus miradas se cruzaron… Uno tan viejo, tan lleno de odio, su corazón tan negro; el otro tan joven, un niño casi, sus ojos tan llenos de armonía. Le sonrió. El Señor Oscuro no pudo soportar aquel gesto y llamó al ataque a sus guerreros que, con un grito de pavor, se lanzaron contra el joven. Fue entonces cuando el jinete desenvainó su luminosa espada. Todos se detuvieron, las manos cubrieron sus ojos y sus cuerpos se retorcían de dolor. Aquella espada desprendía una luz potente que fue extendiéndose por todo el lugar, entrando en las casas, en los establos, en los corazones de sus habitantes. Todo quedó iluminado súbitamente. Jinete y luz se fundieron como en una bola de fuego que se elevó hasta quedarse sobre sus cabezas, en lo alto, donde todos podían verla. Desde entonces las cosas han cambiado mucho por aquellas tierras; ya no hace frío, los árboles y los campos se han cubierto de color y los hombres sonríen alegres. Cuando miran al Sol, cada mañana, saben que él continúa allí y recuerdan aquel bello jinete que un día transformó sus vidas.
Ahora, cuando llega diciembre, adornan sus calles y sus casas, preparan las comidas más suculentas y los vinos más deliciosos y el día veinticinco, cuando el Sol comienza a ganarle tiempo a la noche, cuando los días se hacen un poco más largos, conmemoran el acontecimiento más extraordinario que jamás sucediera y saben que, una vez más, la Luz volverá a vencer a las tinieblas.
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Cuando el abuelo calló, todos estábamos escuchando embelesados. Aquel relato tan fascinante nos había conmovido. Sonriendo nos miró esperando una respuesta pero sólo el más pequeño de la familia se atrevió a romper el silencio: -“¿Abuelo, entonces, eso es lo que celebramos cada año, que aquel jinete dorado nos cuida desde el Sol para que nunca nos volvamos como aquellos seres tristes y grises del Señor oscuro?”-preguntó inocentemente. -“Si, mi niño, eso es la fiesta de la Navidad”. -“¡Qué guay, tío!”- se le oyó respirar aliviado. No sé que nos pasó en aquel momento, pero fuimos levantándonos de nuestras sillas y todos nos acercamos al abuelo para besarle y rodearle en un enorme abrazo. Es uno de los recuerdos más entrañables que guardo de mi familia.
Estrella
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