Plantas Medicinales
Alimentación Natural
Tratamientos Naturales
Alquimia en la cocina
Nuestro Organismo; Una planta maravillosa
Masaje en los bebés.
Expulsar El Miedo
San Miguel
Mandar ó Demandar
La Voluntad
Los Talismanes de Nueva Vibración
"Un Tiempo para tí"
DŽkhiala, Energía hacia la Luz
Rebirthing
Valor Terapeútico de las Lámparas de Cristal
Consentido con Sentido
Sabiduría.
Floreces como un Buda
Osa mayor número de veces
Alegrar la vida no arreglar la vida
Tapping
Prácticas de yoga avanzadas.
Tao te kin de Rioseco
La Inteligencia Perfecta
Efemérides Astrológicas
Y las piedras hablaron (IV)

 


Por aquel tiempo, mi pueblo gozaba de la bendición de los dioses y parecía algo increíble y lejano el que pudiese cambiar la situación de privilegio celeste con el que era favorecido, pero algo siniestro nos acechaba y así fue como comenzó.

Los días largos y soleados del verano estaban llegando a su fin y los agricultores comenzaron sus rituales para dar la bienvenida al deseado otoño, llenando los templos de cantos y plegarias.

Pero algo falló, los meses otoñales seguían siendo claros y despejados, el cielo de un azul intenso no denotaba síntomas de lluvia, el manto negro que cubre las refrescantes noches de Egipto, se cubría de estrellas y mis ojos se elevaban hacia él, creyendo ver en el tintineo de estas puntas luminosas una velada amenaza.

Se comenzó a preparar la siembra de los campos, los arados arañaban la tierra con su monótono ruido, hombres y animales trabajaban de sol a sol y pronto quedaría terminado, para que las semillas volaran hasta ella cuando las primeras nubes hiciesen su aparición en lo alto.

La extrañeza empezó a adueñarse del corazón de las gentes, alguno se atrevió a sembrar sin que la tan esperada lluvia llegase y así poder sacar mejores beneficios que sus vecinos.

Todo fue inútil, la removida tierra comenzó a secarse, a endurecerse de nuevo y la lluvia no llegó.

La sequía se adueñó de mi pueblo, los sacerdotes invocaban a los dioses, la gente lloraba y se lamentaba, el majestuoso Nilo, cada vez más bajo su nivel, se mostraba triste y los bellos arbustos que vivían en sus orillas se morían lenta e irremisiblemente, sólo el Cielo sabía lo que estaba ocurriendo y mis piedras llenas de polvo y de calor recogido durante el largo y abrasador verano, se estremecieron de nuevo.

A mi mente vuelven aquellas indescriptibles imágenes, me sentía a salvo y al mismo tiempo el dolor llenaba mi alma, pues mi amor por aquel pueblo era hondo, grande, y mi impotencia ante aquella muerte que se acercaba cada vez más rápida, cada vez más negra y cruel, me atenazaba el corazón.

Se reunieron dentro de mis entrañas para deliberar sobre todo aquello y las voces martilleaban en mis gigantescos oídos.

Los dioses nos han abandonado, decían una y otra vez los sacerdotes. Probemos a provocar las lluvias con la ciencia, proponían los sabios, tenemos el poder sobre la tierra y todos nuestros conocimientos nos ayudarán a conseguirlo.

El faraón, abatido, escuchaba en silencio. Su mirada fija en mis paredes, le hacia tener un aire extraño, el rostro moreno, noble y bello estaba ahora cansado y sus ojos parecían decirme -es el final y ningún ser humano impedirá que se acerque.

Comenzó la peste a hacer estragos entre el pueblo, grandes piras funerarias fueron encendidas para que no se propagara, todo fue inútil, todo olía a muerte, su olor negro penetraba por los poros, el aire se hacía irrespirable y la putrefacción de animales muertos convirtió Egipto en el más inmenso cementerio jamás visto.
 




Una mañana gris, tristes el cielo y la tierra, comenzó a caer algo del cielo. Al principio algunos creyeron que era la esperada lluvia y gritaron de contento, pero, ¿qué era aquello?

Grandes nubes negras fueron cubriendo cada vez más unas extensas zonas, mis ojos no podían creer lo que veían, aquello comenzó a caer sobre mi cuerpo, su sonido horripilante como un chirriar de muerte, se fue haciendo más intenso, comenzó como un ruido sordo, denso, y acabó por ser algo ensordecedor.

Los gritos de las gentes corriendo despavoridas no podían acallarse, y pronto las terribles palabras corrieron como el viento.
 



¡Langostas!, y la histeria cegó las mentes humanas, no sabían qué hacer, corrían como si sus ojos no pudiesen ver, a ciegas se atropellaban, caían gritando y pronto aquellos animales se cebaron con ellos.
 



Eran parduscos, de cuerpos grandes como nunca se vieron, y sus largas patas se clavaban en el cuerpo como anzuelos, mis ojos llenos de horror pudieron ver escenas espeluznantes, mujeres con niños pequeños en brazos corrían gritando, viendo como sus pequeños quedaban cubiertos por estos nauseabundos y mortíferos animales.

La sangre comenzó a brotar de todo aquel que era atacado y cruelmente, sin piedad, una gran avalancha de estos animales acudía a la herida sangrante, vi ojos arrancados a picotazos y como el tierno cerebro de un bebé era abierto como si se rompiera un frágil velo.

No quiero recordar, pues aún después de tantos años, mi alma llora de dolor por el terrible destino de mi pueblo.

Cuando todo fue devastado, cuando se dejó de luchar por ver en todo aquello al famélico y diabólico rostro de la muerte, de repente y al igual que vinieron, como si de un organizado ejército se tratara, las nubes negras se alejaron hacia lo alto y el llanto de mi pueblo regó la seca y estéril tierra.

Nunca pude imaginar que aquello pudiese continuar, me sentía vieja, cansada de contemplar la agonía de un pueblo admirado y envidiado por el mundo, e impotente desde mi gran altura y fortaleza para acallar sus lamentos.

La familia real no obtuvo privilegio para aquel ataque de la Naturaleza, el primogénito del rey enfermó, el pánico recorrió el palacio, rezos y ofrendas se ofrecieron a los dioses, pero su vida se apagó como una llama y esa misma noche, las tinieblas se apoderaron del cielo egipcio.
 


Al día siguiente no amaneció, los ojos se elevaban al cielo buscando la causa de tal fenómeno pero nada se podía encontrar en el espacio celeste, ahora convertido en un manto negro, tenebroso, sin que ni tan sólo una pequeña estrella lo adornara de vida.
Sentí de pronto como si quisieran arrancarme de mis cimientos, temblé esta vez no de temor o dolor, algo superior y misterioso me estaba haciendo agitarme como un frágil árbol, un rugido ronco como de agonía salía de la tierra y fue elevándose hasta convertirse en el ruido del trueno.
 



La tierra se sacudió de tal forma que las casas blancas se desplomaban como si fuesen de papel y gruesos granizos comenzaron a caer sobre mí, sobre el río, sobre todo lo que mi larga vista dominaba, algunos como peñascos herían a los seres humanos, a los animales preparados para la larga marcha.

Yo sentía sus golpes sobre mi cuerpo, una y otra vez, incansable, imparable. Sentí miedo pues presentí que esto si era el comienzo del fin.

Dolorida y lleno mi corazón de angustia, sentí de pronto que algo húmedo aliviaba de momento mi reseco y polvoriento cuerpo, fue sólo un instante, la sensación fue sólo momentánea ya que lo que caía sobre mí me arrancó un ronco grito de dolor, nadie podía oírme, sólo yo supe que estaba gritando.

Y es que desde el cielo llovió fuego, trozos de meteoritos incandescentes procedentes de algún planeta en su proceso de desintegración, comenzaron a caer con una muerte roja, una muerte con rostro color de sangre, de ojos de llamas echando chispas por sus fauces abiertas.

Pronto, los ácidos que componían esta lluvia contaminaron el agua del río, de manantiales y pozos, y todo aquel que se acercara a beber, moriría envenenado, retorciéndose por terribles dolores y convulsiones.

No puedo recordar cuanto duró aquella mortal lluvia, sólo sé que intenté huir, yo también quería arrancar mi enorme cuerpo de la tierra pero mi destino era quedar allí como mudo testigo para ejemplo de civilizaciones venideras.
 


El faraón, vencido por la Naturaleza implacable, reunió a los sacerdotes que lograron salvarse, a los sabios del reino y alquimistas, astrólogos y a todo aquel que pudiese aportar ideas sobre cómo recomenzar en una nueva tierra.

Esa noche volvieron a mi interior, a recoger documentos secretos, a destruir datos y fechas claves para la humanidad y memorizaron durante horas y horas los grandes misterios egipcios, sólo así quedaría a salvo de posibles enemigos.

Los tambores de guerra comenzaron a oírse atraídos por el viento que como mensajero aliado les llevó una noche, en que la gran luna amarilla, redonda e impasible, salía rodeada por su corte de estrellas.

Su luz me bañó de lleno y sintiéndome extraña, pues durante mucho tiempo, hasta ella la gran matrona de la Naturaleza, nos había retirado su mirada, quizá por amor, por no querer vernos agonizar, o tal vez para que sin su luz, nos sintiéramos aún más solos en nuestro cruel destino.

Un viejo sacerdote, viajero del mundo y conocedor de los pueblos lejanos y vecinos, sugirió la idea que no tardó en ser aceptada por el faraón y el Consejo.

Como estos pueblos eran conocidos por su fama de crueles, bebedores y jugadores, trabajarían incansablemente en representar el libro sagrado en unas cartas que pudiesen utilizar para el juego consiguiendo así que no se percataran de lo que caía en sus manos.

Símbolos mágicos, figuras extrañas y nombres en clave fueron impresos durante muchas noches y días, si querían jugar tendrían en su poder el gran juego, el juego de la vida y la muerte.

Así ocurrió, el destino por una vez en mucho tiempo, sería de nuevo nuestro aliado.

Llegaron como una plaga al galope de sus caballos, llenos de excitación, de ira, dispuestos a conseguir lo que durante años y años habían deseado.

Lo arrasaron todo, violaron a mujeres y niños, mataron y mutilaron a placer sin piedad preparándole a la negra muerte el mejor festín de su vida.

Derrotados físicamente, llevando en sus corazones el recuerdo triste de su final para la eternidad, aquellos hombres sólo pudieron sentirse orgulloso por algo, pero este algo era lo más valioso que habían poseído durante toda su existencia, su sabiduría espiritual, la lucha del hombre por estar por encima de la materia.

Consiguiendo dejar para la posteridad grabado con su sangre, y para admiración de civilizaciones futuras, el saber recopilado en unas cartas, hoy conocidas como el Tarot.

Porque la única forma de llegar a Ser es dejar de ser y sólo así el hombre podrá seguir intentando descorrer el velo de Isis para conocer el pasado, presente y futuro de su vida.

El susurro de la brisa nocturna acarició mi cuerpo de piedra y esta sensación, después de tan largo tiempo, me permitió cerrar suave mente los ojos.
 
Kira. 


Y las piedras hablaron (III)
Nash