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 | "Muray, el príncipe bueno" |
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Y una noche nos sentamos, a luz de una bombilla, con un “Erase una vez... una niña que todas las noches se metía en su camita con un viejo cuento, siempre el mismo, “El Príncipe Bueno”, se lo sabía de memoria, pero con él era feliz. A pesar de tener casi los mismos años que ella, estaba como nuevo, era su gran tesoro.
Laíla tenía cinco años, su vida transcurría en un pequeño pueblo costero. Tenía los suficientes amigos para no ser una extraña pero no era una niña extrovertida. Le gustaba el mar, la arena, los caracoles, hacer dibujos en la arena; su imaginación era desbordante y quizás incomprensible para aquellos que no la conocieran.
Y quizás por eso, buscaba refugio en esos cuentos donde ella misma dejaba volar su imaginación. Así pues, “El Príncipe Bueno” era su mejor aliado todas las noches.
Aquel príncipe, según leía, Laíla, no era guapo ni deslumbrante, veía en los dibujos un príncipe con carita de bueno, ojitos marrones, nariz un poco grande, boca normal, orejas un poco peludas; y sus ropajes eran los de un príncipe que reinaba un poblado no muy grande.
El príncipe Muray salía todas las mañanas a visitar a sus gentes. La residencia de Muray era también modesta, acorde a un príncipe, pero no un gran castillo con torres y miles de galerías en las que perderse.
Tenía lo necesario para llevar una vida tranquila, sus campos prósperos, el sol le despertaba cada mañana cuando filtraba sus rayos por las ventanas de su casa. Pero todos eran conscientes de algo...el aire no contenía olores, no había fragancias, no llegaba el olor a trigo, a maíz, a rosas, a azahar, tampoco llegaba el olor de los animales, de la comida recién hecha, de sus chimeneas,... el aire un día cesó y dejó de traer olores al pueblo. Desde ese momento, sus gentes se sintieron despojadas de algo íntimo, la más gruesa de las pieles les hacía sentirse desnudos, cualquier camino les hacía sentirse perdidos. Aquella mañana podía haber sido una cualquiera pero Muray se despertó temprano, sintió frío, el calor del sol no había templado sus sábanas ni su cuerpo; así que decidió levantarse sin más demora, se vistió y dirigió a las cuadras, allí estaba Kalio, su caballo y fiel compañero de paseo. Había sido el último regalo recibido de sus padres antes de morir; ambos se conocían muy bien, se podría decir que se habían criado juntos, de ahí que el joven viera al animal inquieto, dando vueltas sin cesar. Bien pensó que la ausencia de sol estaría afectando al corcel, así que se acercó despacio con un poco de comida, lo acaricio suavemente en el hocico y pasó, luego, lentamente un cepillo por el hermoso pelaje negro.
Una vez preparados los dos se alejaron del pueblo; Muray presentía que Kalio seguía inquieto así que decidió adentrarse en la montaña y atravesarla, quizás si prolongaba el paseo su rocín podría tranquilizarse. Pero el príncipe pronto se dio cuenta de cuáles eran los motivos que perturbaban y alteraban al noble animal, fue en el instante en el que se cruzaron ardillas, ciervos, rebecos, lobos, águilas y demás habitantes del lindante bosque. El joven príncipe se paró en seco, bajó del caballo, definitivamente, aquella mañana estaba siendo muy confusa...
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El bosque estaba completamente oscuro...lo recorrió hasta toparse con el enorme rosal, todos lo conocían como “el pulmón del bosque”, estaba destrozado. Se trataba de algo único, un rosal capaz de dar rosas de todos los colores, amarillas, rojas, blancas pero no sólo eso, también, daba oxígeno y vida a toda la espesura.
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Un bosque que ahora se había vuelto oscuro, los árboles tenían las ramas por los suelos, sin vida, cerrado, se había convertido en un muro por el que no pasaba nada. Entendió que los animales tuvieran que buscar otro lugar en el que morar, el aire otro lugar por el que pasar, la luz otras ramas por las que colarse...
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Muray contempló, atónito, el desastre cometido por el hombre, por la gran ambición de no resistirse a la belleza de una rosa. Una lágrima resbaló por su mejilla, cayó sobre la marchita rosa roja pisoteada en el suelo...de repente aquellas gotas hicieron que el pétalo recuperara color y vida, el joven príncipe brincó hacia atrás lleno de sorpresa. Y de la tristeza sus ojos se inundaron de lágrimas de alegría que hicieron brotar de nuevo las rosas devastadas. El rosal, pronto recuperó todas sus flores, así el bosque empezó a levantar sus ramas, las hojas a vestir los árboles, la luz a dar color, los pájaros a poner sonido y el aire a devolver el olor...
El príncipe Muray sintió ese olor, entonces, respiró profundamente soltó suavemente el aire por la boca y se dio cuenta que había recuperado algo más que un sentido.
Estaba aún con los ojos cerrados cuando sintió una leve sacudida en su camisa, Kalio se había acercado hasta él, ya estaba tranquilo y, esta vez, su fiel amigo lo acariciaba una y otra vez. Juntos regresaron al pueblo, allí ya habían comenzado los preparativos.
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Amparo García.
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Sir Gawain y el caballero verde Ave
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