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Y las piedras hablaron (II)




Comenzó un nueva etapa para ellos. El sentido de la vida cambió, ya no sentían temor de tener a sus dioses tan lejos. Horus, Isis y Osiris ocuparon un lugar distinto en sus corazones y las plegarias a ellos dirigidas serían para implorar ayuda de tipo espiritual y el faraón, al que todo el pueblo adoraba, era en el que ponían todas sus esperanzas de tipo material, por ejemplo, cuando la sequía amenazaba con arruinar las cosechas, el pueblo imploraba en los rituales a su rey, para que el agua de lluvia llenase de tal forma su río amado, el Nilo, que se desbordase, inundando los campos, y así al retirarse dejase el tan necesitado limo, para que la cosecha fuera abundante.

 



Mi pueblo era agrícola, trabajador y respetuoso con las leyes, siendo éstas en algunos casos, duras e incluso crueles se podría decir, para estos pueblos.

Las castas eran respetadas por todos y desde el nacimiento de cualquier niño o niña, se sabía hasta donde podría llegar o avanzar a nivel social. Jamás y bajo ningún concepto se mezclaban estas distintas castas. La familia real, comenzaré con mis dueños, solo mezclaban su sangre entre sus miembros, quedando así asegurada la selección y pureza de la siguiente generación.

Algo que siempre me impresionó fue que si el primogénito del matrimonio real, sacaba algún trastorno mental, una inteligencia mediocre o alguna tara física, nunca llegaba a ocupar el trono. Quiero aclarar que esto, si yo fuese un humano me costaría la vida, ya que los secretos reales eran pagados con la muerte a quien se atreviese a revelarlos.

Pero sé que la historia de mi pueblo se ha contado de forma muy superficial y extraña, y como dije al principio, quiero ayudar a aclarar dudas e informar de aspectos de mi civilización hasta ahora desconocidos.
 



Sólo con esta depurada selección se conseguía que el faraón fuese de una inteligencia muy superior a la de cualquier humano, y su reinado fuera justo, para que pudiera gobernar en todos los niveles y así llevar al pueblo egipcio a alcanzar poder y gloria sobre los otros pueblos.

El rey no estaba apegado a sentimientos humanos, si un hijo habido en su matrimonio no estaba capacitado para gobernar en su día, o si no era el primogénito para ocupar un alto cargo, rápidamente se oían rumores de una extraña e incurable enfermedad que lo aquejaba y unas veces más tarde o de forma sorprendentemente rápida moría.

Así alcanzó mi pueblo su esplendor en todo el mundo y fascinó con su sabiduría y adelantos a muchas generaciones.
 


Los sacerdotes, conocedores de las ciencias ocultas sabedores de sistemas energéticos no descubiertos aún hoy día por el hombre, venían a ocupar el segundo escalón en la jerarquía social.  

También aquí se cuidaba de no cometer un error a la hora de escoger a los aspirantes, no sólo era necesaria la vocación para ser admitidos en esta gran casta sacerdotal, interminables exámenes, juicios y pruebas durísimas se les hacía pasar, en ellos demostrarían su inteligencia, astucia y conocimientos y un nivel espiritual elevado, pasando a manos del gran jurado por último, y éste con el consentimiento del propio faraón aceptaba o rechazaba al aspirante.

Posteriormente eran encuadrados en el grupo de los grandes sacerdotes, o quedaban para atender los cultos en los templos, cuidar del fuego sagrado o atender las necesidades espirituales del pueblo, no teniendo estos últimos, acceso a los grandes secretos que en mi interior se desvelaban, ni a las interminables conversaciones con el faraón, reduciendo así al máximo el error de que alguien no capacitado pudiera revelar algún misterio sagrado.

Otro nivel social de gran importancia para el pueblo egipcio lo constituían los escribas. Estos hombres cultos eran archivadores de todos los documentos valiosos, recaudaban los impuestos y asistían a algunas de las ceremonias reales invitados por la reina o el faraón, entre ellos también ocurría como con los sacerdotes, sólo su inteligencia y capacidad mental los hacía ocupar un cargo superior o inferior.

 



Algo que pudiera extrañar de este relato es lo que a continuación voy a explicar.

Dentro de la rama del arte, los pintores ocupaban un lugar diríase que sin importancia, ya que sus obras tanto en mis piedras interiores como en el palacio real o los templos, eran sólo copias de los bocetos que le entregaban los sumos sacerdotes o el rey, pues creían que solo los inspirados por el Cielo podían saber lo adecuado para cada lugar, los símbolos secretos, o escritos sobre el futuro de la humanidad.

Por lo tanto no se les dejaba que tuvieran creatividad, salvo en sus propios domicilios o lugares públicos.
 



Recuerdo cuando hace siglos arañaron mis piedras para marcar fechas claves para el mundo, profecías sobre guerras, cataclismos o apariciones extrañas.

Casi todas se han cumplido y algunas de ellas, quizás las más reveladoras quedan por ocurrir.

La inteligencia de estos sabios hombres hizo que con sólo unos jeroglíficos quedaran recogidos todo su mensajes para el mundo futuro, y que sólo aquellos que fueran elegidos pudieran descifrarlos.

Ha habido muerte, sangre y terror en mi interior, saqueos y profanaciones, la ambición de algunos los llevó a la locura en mi oscuridad y energías vigilantes destruyeron a otros.

Pero vuelvo a repetir que podrían demolerme, quitar mis piedras una a una y seguiría diciendo que sólo unos cuantos elegidos podrán leer y comprender mis grandes y terribles secretos.

Hace algunos años, la fama de los tesoros almacenados en mis cámaras reales hizo que la ambición de los hombres se desbordara y ocurrió algo terrible entre mis entrañas.

Era noche de luna y la luz bañaba mi cuerpo haciendo brillar el granito como si de pequeños brillantes se tratara. Mis paredes exteriores estaban heladas, un fuerte viento frío levantaba la arena a mi alrededor, creando remolinos y figuras extrañas.

Tres figuras, que ya conocía por hacer meses que escarbaban un profundo túnel en uno de mis costados, se aproximaban cautelosamente.

Al llegar al lugar donde habían estado trabajando oí sus voces bajas, roncas y su respiración agitada me llegó, haciéndome recordar algún momento similar.

Por fin lograron introducirse por el túnel abierto por ellos y consiguieron entrar en el primer pasadizo, alguno de ellos comentó el frío y el olor extraño que le llegaba y sin obtener contestación de sus compañeros, siguió adelante.

Presentí lo que iba a ocurrir y si las piedras pueden estremecerse, creo que lo hice. Observé cada paso, cada comentario, y por la energía que despedían supe que el miedo estaba haciéndoles compañía en su mortal camino.

Muchos han descubierto a costa de sus vidas que soy una trampa mortal para los profanos, y estos hombres estaban a punto de llegar al final de su destino, un espeluznante destino en el que yo era principal protagonista.

Corriendo ya atropelladamente, llegaron a la cámara de la reina y sus jadeantes respiraciones se convirtieron en unos extraños gemidos cuando vieron con ojos desorbitados, los cofres de joyas y objetos de metales preciosos que rodeaban el sarcófago de mi reina.

Llenas sus manos avariciosas de collares y piedras preciosas, gritaron de contentos al no poder retener por más tiempo su ansia, y ante el molesto grito que retumbó con fuerza en mí, hice que algunas pequeñas piedras y gran cantidad de arena se desprendieran de mi cuerpo.

El silencio volvió rápidamente pues temieron lo peor, pero siguieron apoderándose de todo aquello que les cabía en sus grandes sacos. Mi furia estaba ya llegando al límite.

No podía consentir que despojaran a mi adorada reina de sus recuerdos queridos, y mandando una ráfaga de energía sobre dos de ellos, hice que sus mentes diabólicas se enfrentaran.

Se miraron unos segundos con los ojos enrojecidos y discutieron por la cantidad de objetos que llevarían uno u otro. De pronto, al hacer más presión con mi energía, se abalanzaron entre ellos.

Los dedos en las gargantas apretaban sin piedad, fijos los ojos en los del adversario, el tercer hombre, paralizado por la escena, no intervino y un sonido gutural se oyó en la oscuridad.

Al ruido de uno de los cuerpos al caer, el observador de la trágica escena, rápido y lleno de terror, llenó mucho más su saco para huir sin preocuparse si alguno de sus compañeros estaba con vida.

Corrió despavorido y al llegar a la entrada de la cámara, se detuvo en seco como si hubiese chocado contra uno de mis muros.

Una figura formada por energía le cerraba el paso. Brillante, con cara de animal y cuerpo de hombre, empezó a avanzar hacia él y el infeliz antes de caer fulminado no pudo proferir ni un gemido.

El ectoplasma monstruoso acabó con su vida. Una vez más lo sagrado permanecía inaccesible.


 
Kira. 


Y las piedras hablaron...
Y las piedras hablaron (III)