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Y las piedras hablaron...


Las gotas empezaron a caer lentas sobre mi superficie, su sonido como siempre, producía en mí una sensación de alivio. Después de un largo día en el que el sol rojo del desierto había recalentado la arena, mis piedras exteriores habían alcanzado una temperatura incapaz de ser soportada por un ser humano. La lluvia venía a compensar este calor inmenso.
 

Los goterones gruesos sobre la arena, hicieron que el vapor me envolviera y un halo parecido a la niebla me cubrió.

Era el atardecer y el juego de luces del sol ocultándose, el color rojizo del inmenso cielo y el vapor que me envolvía, me hizo parecer algo fantasmagórico.

A esta hora, sólo los guardianes que tenían la misión de custodiarme se encontraban cerca, y nadie del pueblo se atrevía a pasear por mis alrededores, incluso ellos, acostumbrados a mí, se apartaban un poco para conversar como si temieran que sus comentarios fueran oídos.
 



Antes de continuar con mi relato, de poner al descubierto los grandes secretos que encierro en todo mi ser, quiero presentarme.

Sé que eso causará extrañeza al mundo pero ya que tantas y tantas veces, durante siglos y civilizaciones, la humanidad ha hecho famosa la frase "si las piedras hablaran", creo llegado el momento de hacer esto realidad.

Mi cuerpo es de piedra, mi corazón de granito y la energía que me envuelve ha hecho de mi un lugar de misterio. Grandes secretos se han revelado en mi interior. Reyes y sumos sacerdotes se han reunido en mí para deliberar, y el dios viviente de Egipto, el faraón, mi dueño y señor, ha meditado sobre mis piedras grandes decisiones para su pueblo.

Soy la pirámide de Keops, llamada también la gran Pirámide. Me han llamado la escalera, la tumba o bóveda del muerto. Mucho se ha especulado con mi formación y datos increíbles para cualquier mente inteligente, se han dado durante siglos a la humanidad.
 



Sólo quisiera aclarar algo este punto. ¿Cómo estando situadas las canteras que contenían mis piedras (moles de grandes toneladas) a cientos de kilómetros del lugar donde me crearon, podían haber sido arrastradas como se ha dicho?.

Como ya he mencionado anteriormente, en mi relato descubriré grandes secretos y cosas que hasta hoy estaban rodeadas del más oscuro de los misterios, las sacaré a la luz, para que el mundo por fin pueda saber la verdad.
 


Mi pueblo, mejor dicho, el faraón, los sacerdotes y los sabios, conocían unas técnicas energéticas que les permitían transportar objetos de grandes pesos durante largas distancias. Estas técnicas sólo eran conocidas por la alta jerarquía y no podían ser reveladas a nadie sin que el faraón lo considerase oportuno, siendo pagada con la muerte inmediata cualquier traición.

Mis formas, mis triángulos tenían también un significado energético, dentro de mí se concentraba una energía tal que me convertía en una auténtica campana inexpugnable. No solo sería a partir de mi construcción la tumba del dios viviente, sino que esta energía era favorable a los ritos, reuniones y descubrimientos que en mi interior se realizaron.
 



Las mentes de los que allí trabajaban se fortalecían hasta su máximo grado. Inspiraciones divinas eran dadas entre mis piedras y los sacerdotes oraban e invocaban a los dioses para que esto se viera apoyado por fuerzas celestes.

También hice la labor de un templo solar y los astrónomos más eminentes trabajaron para resolver enigmas sobre los astros, que sabían tanta influencia y poder ejercían sobre la Tierra. Por todo esto se habló, se habla y se hablará de mí, sin saber qué misión específica tenía, quizás al finalizar mi relato, estas aclaraciones puedan ayudar al mundo a despejar sus dudas; si hago pensar, sabiendo pensar con claridad y lógica, me daré por satisfecha.
 


 

Todo empezó en el momento en que mi pueblo decidió creer que el faraón era una reencarnación de un dios, que había bajado a la Tierra para guiar, proteger y enseñar a un pueblo de tantos contrastes como el egipcio. ¿Qué había ocurrido para que el hasta entonces sólo rey se convirtiera en un dios? Sólo ante algo insólito se puede creer un hecho tan sorprendente, y esto fue lo que ocurrió.

El faraón solía pasear con su séquito por el Nilo, gustaba de ver a los campesinos, artesanos, niños y mujeres a ambos lados del río, saludándolo con admiración y cariño. La barcaza real, majestuosa, se dejaba llevar lentamente por las cristalinas aguas, sus adornos y colorido emulaban a los bellos pájaros que allí habitaban y el pueblo enfervorizado gritaba salutaciones a su señor. Pero un día al llegar a un lugar donde el río se hacía más bello, donde los árboles se inclinaban hacia el agua como si de una reverencia se tratara, formando un perfecto arco de verdoso y brillante follaje, ante el asombro del pueblo, la barca real y sus ocupantes desaparecieron ante la vista de todos.

Por un momento la gente enmudeció, pasaron unos segundos y los gritos de asombro, temor y dolor llenaron el cielo grande y rojo de Egipto. El suelo tembló al correr todos hacia el desafortunado y misterioso tramo del río, las barcas del séquito atracaron en la orilla sin avanzar hacia el terrible lugar. Inmediatamente, los sacerdotes fueron avisados de lo ocurrido y corrieron hacia el rio, dando órdenes de buscar dentro de las aguas lo que creían había sido un naufragio producido por alguna corriente subterránea. Todo fue inútil, nada encontraron ni dentro ni fuera de las aguas. El pueblo durante dos días lloró, gritó, y pidió a los dioses que les perdonaran sus pecados ya que consideraban un castigo del cielo la inesperada y misteriosa desaparición de su buen rey.

Durante el día y la noche, las orillas del Nilo se vieron llenas de gente llorando y esperando sin saber qué. Dormían arropados entre los juncos y se turnaban para rezar para que así, los dioses no dejaran de recibir la plegaria por su faraón muerto. Al tercer día, cuando el sol hizo su aparición en lo más alto, un silencio sepulcral se hizo en el lugar. Los pájaros dejaron de cantar, las aguas quedaron quietas y los árboles mantuvieron sus ramas en calma. La gente, con los ojos desorbitados por el asombro, los corazones latiendo con fuerza, enmudecieron de pavor. De aquel lugar donde los árboles se inclinan sobre el agua formando un maravilloso arco, vieron salir la barcaza real con el faraón y los guardias que le acompañaban.

Avanzaba lentamente, sonriendo y saludando como en el momento de su desaparición.

El pueblo quedó ronco de gritar vítores y aclamaciones de amor hacia su rey y los murmullos comenzaron. ¡Es un dios, tiene el poder de la vida y la muerte! ¡Sólo un dios, puede desaparecer y aparecer por propia voluntad!

¡Viva nuestro dios! ¡Señor, te obedeceremos hasta la muerte! Mientras tanto, sólo los más sabios sacerdotes pensaron que aquel hombre real no podía haberse convertido en unas horas en un dios. Entre mis piedras lo hablaron. El faraón, cuya inteligencia sobrepasaba los límites humanos, explicó que una extraña experiencia les había ocurrido. Habían entrado en otra dimensión, fuertes vibraciones los habían zarandeado, y un gran torbellino los había envuelto, para luego volver al lugar de la entrada. Si, la entrada mágica y enigmática de un agujero negro.

A partir de entonces, para el pueblo egipcio, el faraón sería un dios viviente en la Tierra.

 
 
Kira. 


Ave
Y las piedras hablaron (II)