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Existe una ciudad en la que los habitantes no envejecen, son pocos, muy pocos, y jóvenes, muy jóvenes, allí en aquella ciudad, no habían dejando entrar, a lo que el hombre ha dado en llamar el progreso.

Una vez, este progreso, con toda su coloreada fachada, llegó y llamó a las puertas, a las enormes puertas de aquella ciudad, abrieron los guardianes que al ver todo aquel mundo lleno de máquinas, lleno de motores, tubos, lámparas y cables, cerraron a toda prisa y lo dejaron fuera.

Pasaron horas, días, años y harto de esperar y advirtiendo que no había ninguna posibilidad de que le abriesen, el progreso se retiró maldiciendo aquel sitio, el único sitio donde no le habían dejado entrar. Envió su ejército de robots, cabalgando en sus vehículos de hierro y acero, que lanzaban por sus ojos y bocas todo el fuego, todo el odio, todo el horror toda la envidia de que disponían contra aquella pequeña ciudad.

Las máquinas la rodearon rugiendo y vociferando con sus mortales lenguas de fuego.
 



Taponaron el río para que se quedasen sin agua y muriesen de sed.

El agua les faltó y cuando ya estaban a punto de perecer, un niño logró romper el cerco, llegando hasta el río, llenó su cantimplora volvió corriendo, llegó a la plaza principal y a la vista de los ya muy sedientos vecinos, la abrió y comenzó a salir el preciado líquido, todos intentaron beber a la vez, todos intentaron ser los primeros, pero mientras más bebían más agua manaba; corren a sus casas, traen jarras, cántaros, vasos y todos los recipientes que pueden encontrar; el agua salta más y más, todos saciaron su enorme sed pero el agua no paraba de manar de aquella pequeña cantimplora, tal cantidad salió que empezó a correr calle abajo, y la calle se convirtió en río y el rio, en su caminar, cada vez más aprisa, llegó al final de la calle chocó contra la muralla, y al chocar, una enorme ola, saltó por encima de ésta e inundó todos los alrededores de la pequeña ciudad.
 



Los robots quedaron quietos, las poderosas máquinas callaron todas a la vez, todos sus circuitos, todo su interior, había sido inundado y vencido por el agua.

Todos y todo quedó muerto. Se hizo un gran silencio, los habitantes de aquella ciudad, los jóvenes, los que no envejecían, quedaron atónitos.

Nunca pudieron comprender cómo todos los adelantos y todo el progreso de este mundo puede caber dentro de la pequeña cantimplora de un niño.

 
   
Miguel.   


El Camino