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 | El Camino |
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Enfundado en mi estupendo traje de escalada, con mis buenas botas, tienda y demás impedimenta, me dispongo a subir por el lado norte de la orgullosa y altiva montaña.
Sé que este lado es el más difícil, sé que este lado es el más agresivo, pero las empresas difíciles son las dignas de los hombres, a mayor dificultad, mayor emoción.
Nevaba, con unos copos blancos y unidos, blancos y espesos, no veía más que nieve y copos, pero sé que allí, detrás de la nieve, allí detrás de los copos, estaba la montaña, estaba la cara norte.
Empiezo a trepar, ayudado de mi magnífica picola, ayudado de mis cuerdas, garfios,...
Despacio, muy despacio voy ascendiendo, agarrándome a la roca, agarrándome a la tierra, agarrándome a la nieve, poco a poco veo como el comienzo va alejándose de mí, los clavos de mis botas van hiriendo la tierra y me van llevando hacia arriba, por la cara norte, por la más difícil, de aquella orgullosa y altiva montaña. Llevo varias horas, no sé cuantas, el sudor y el cansancio me invaden, la tormenta sigue avanzando, la tormenta viene conmigo, viene a mi lado, se convierte en mi compañera, en mi inseparable compañera.
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La cima, aunque sin poder verla, la siento más cercana, siento como me llama, con voz cálida, con una voz tan cercana que me parece aún más cercana.
Las fuerzas me van abandonando, no quieren seguir a mi entusiasmo, deben de ir juntos, deben de ir unidos, fuerzas y entusiasmo, entusiasmo y fuerzas, para poder subir, para poder seguir, para poder llegar.
Está anocheciendo, busco entre la tierra, la roca, la nieve y los copos, un rellano para poder pasar la noche, para poder pasar el cansancio, para poder llegar.
En aquel sitio, monté mi tienda, que me recogió de entre la noche, que me recogió de entre la nieve, que me dio horas de descanso.
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Pasó el tiempo, la luz reemplazó a las sombras, quité la tienda, continué hacia arriba, hacia la cima, por la cara norte. Había cesado un tanto de nevar y pude ver el final, pude ver allí, en todo lo alto, la cumbre hacia donde me encaminaba, con una sonrisa en mis ateridos labios y un entusiasmo en mis ya pocas fuerzas proseguí mi camino, alegre, confiado y seguro de poder realizar aquella tan arriesgada empresa.
Con un último golpe de picola, con una última pisada de mis enclavadas botas, con un último intento llegué a la cima, llegué a lo alto, llegué al final.
El sol me dio de lleno en la cara, ante mí se extendía la más hermosa playa que jamás había visto, la más hermosa playa que pudiese existir, había llegado a ella, en mi último golpe de picola, en mi último intento.
Mi sorpresa no tiene límites, he subido por la cara norte y he llegado a la cima, he llegado al mar, las gaviotas me saludan, las olas me sonríen, el sol me da su bienvenida y yo, vestido con mi impedimenta, vestido con mi equipo de montaña estoy aquí, en la playa.
Hace muchos años un hombre fue visto a la entrada de un mar, vestido con unas ropas extrañas, lleno de nieve y de hielo, de pie, mirando hacia el horizonte, en su cara llevaba la sorpresa, murió, nunca pudo saber su camino, nunca pudo saber su final...
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Snowlord.
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Nosombal Parábola del Agua y la Vida
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