Al final del valle, donde no hay más allá, se encuentra la Aldea Negra, tan lejos que los rayos del Sol no llegan, se quedan cortos. En esta aldea, todo es negro, las calles y las plazas, las casas, el suelo, el cielo, el río y todo su entorno, de ahí su nombre. En una granja, vivía un hombre llamado NOCHE, trabajaba el campo negro, con animales negros, y cosechas negras. Pensaba que en algún lugar podría existir otro color, no sabía qué color, ni dónde estaba, pero algo interior le decía que encontraría otro color.
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Un día, NOCHE, después de pensar y pensar, decidió emprender camino en busca de no sabía qué, tenía la sensación de que algo o alguien le llamaba. Vendió su granja, cogió su caballo negro y empezó a caminar... Remontó la orilla del río negro... Después de muchos días, muy cansado, se acercó al río para beber, descubrió que las aguas bajaban claras, un poco más claras quizá grises, sonriendo parecía que se habla quitado el cansancio. Espoleó su caballo negro, río arriba y al doblar una de las numerosas curvas, se encontró con la aldea gris, donde todo era gris, las calles y plazas, las casas, el suelo, el cielo... Lleno de alegría por su descubrimiento, entró en la aldea saludando, desde lo alto de su caballo. Las gentes grises, le correspondían al saludo y le sonreían a su paso. Me quedaré aquí, pensó, lo hizo, compró una granja, con campo gris, animales grises y cosechas grises. Pasaron años, NOCHE, que ahora en la aldea, le llamaban SOMBRA se mostraba inquieto, no dormía bien, no podía descansar, aquella inquietud que le dominaba cuando era NOCHE, volvía a asomarse a su mente ahora, que era SOMBRA. No podía más, pensaba que existía otro color.
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Después de muchos días, cansado, se acercó al río a beber, descubrió que las aguas bajaban blancas, casi de color nieve. No cabía en sí de gozo, espoleó su caballo y en una de las curvas río arriba, encontró la aldea blanca, de calles blancas, suelo blanco, cielo blanco y gentes blancas. Este es el fin de mi camino, musitó para sí, por fin encontré mi color. Me quedaré aquí, pensó, lo hizo, compró una granja, con campo blanco, animales blancos y cosechas blancas. ALBA trabajaba con entusiasmo, ya todo lo había olvidado, cuando se llamó NOCHE y cuando se llamó SOMBRA. En un amanecer, cayó en la cuenta, que su sitio no estaba allí, que él era de otro lugar, que el blanco no era su color, que debía volver a su aldea negra, donde nació y donde vio el color por primera vez. Aunque un poco cansado, por el peso de los años, ALBA vendió la granja, cogió su caballo blanco y descendió por el mismo camino que viniera, al lado del río blanco, que después fue gris y después fue negro, llegó a las tierras grises, pero asombrado vio, como el río gris se había desbordado y se había tragado la aldea gris. Desconsolado lloraba porque el río se había llevado una parte de su vida. Siguió su camino y el río se volvió negro. Ya debería de estar llegando a la aldea negra. No llegó nunca, porque el río negro, a su paso por la aldea negra, se había desbordado y había crecido tanto y tanto que se había convertido en mar. ALBA — SOMBRA — NOCHE, queriendo encontrar su antigua casa, se adentró en las aguas negras, con su caballo negro, río adentro y mar adentro. Cuentan que todavía, después de cientos de años, algunas veces, se ve un caballo blanco, gris y negro, con un jinete blanco, gris y negro, que sale de las aguas y después de una larga cabalgada, vuelve a ellas, en uno y otro intento de buscar la aldea negra, con calles negras, casas negras, cielo negro...
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Miguel Marín.
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